El ardiente sol brillaba en el cielo despejado, haciendo al aire del desierto bailar ante los ojos del caminante fatigado. El Caminante tomó un largo suspiro y volteó al cielo como se pidiera la muerte, o al menos como si quisiera estar lejos de aquel sol calcinante.
Fue cuando el aire dejó de bailar, y el caminante creyó ver la silueta de una puerta dibujarse sobre la arena, y eso era, una puerta de madera de pie a mitad del desierto, con un oxidado picaporte dorado, acabados toscos y granos de arena rellenando los orificios creados alguna vez por las voraces polillas.
El viajero del desierto sintió decenas de etéreas manos empujándolo hasta el umbral de la puerta, rodeó el picaporte con su maltrecha mano y lo hizo girar hasta haber atravesado el portal.
Entonces miró azorado la simétrica majestad de la escena ante sus ojos, un interminable corredor alfombrado con paredes y techo decorados con papel tapiz rojo; escena poco usual en la mayoría de los desiertos; y aún así, lo realmente extraño era ese fulgor blanco que parecía brillar algunos metros delante de sus pies.
Usando las pocas fuerzas que le quedaban, el Caminante corrió hacia la luz y, tras algunos minutos de trastabillar, cayó a la polvosa alfombra gris y lloró su derrota. Así, gimiendo desconsoladamente; sintió pasar las horas, los días, los meses; y solo entonces tuvo la fuerza suficiente para levantarse.
Pero, una vez erguido, se percató aterrado de que aquel pasillo interminable se había desvanecido, ya no estaba tampoco en un mar de arena hirviente: estaba en el corazón mismo de la oscuridad.
Arañas negras se apoderaron de sus extremidades y la asfixiante oscuridad le oprimía el pecho, impidiéndole siquiera respirar. Gritó con dificultad y oyó, resignado a su grito perdiéndose en el abismo; tampoco podía mover las manos; así era mejor, ya que de haber podido, se habría arrancado los ojos por la desesperación.
De pronto, tras un parpadeo, el joven había regresado al desierto; o eso pensó antes de percatarse de que sobre aquel desierto donde había caminado durante semanas, el sol brillaba alto en el cielo y no en la punta de un gigantesco pilar de marfil con una exquisita fuente de agua clara y con un portal sellado a sus pies; entonces miró hacia el sol, y una vez que le vio a los ojos pudo distinguir a una figura humana.
-Has encontrado mi recinto- proclamó uno rasposa voz que provenía tanto de la punta del pilar como de su propia garganta.
-¿Quién dijo eso? ¡Responda!-
El viajero observó entonces al hombre en el pilar, un anciano en taparrabo con pequeños lentes oscuros, largas barbas blancas y una gorra de baseball.
-Siguiendo la lógica popular, la respuesta dependería del que pregunta- dijo el desinteresado hombre sin dejar de fumar de su pipa de madera – pero si realmente te interesa, he de decir que mi nombre es Sam y yo guardo la entrada del Santuario-
-Entonces eres quien estaba buscando, necesito conseguir la llave del Santuario- exclamó el Caminante
- ¡Y la tendrás! – Interrumpió Sam- pero he de conocerte mejor antes de darte algo tan valioso; ¿Cómo te llamas?-
-Si tuviera amigos me llamarían Caminante- Respondió- quiero entrar al templo, pues me han dicho que ahí dentro me dirán mi nombre-
-Así que buscas tu nombre…- Dijo el viejo quitándose la pipa de la boca- Pero solo lo que existe puede ser nombrado.
-¿Y qué si en realidad no existes? ¿Has pensado en eso? ¿Y si no fueras más que un rostro plano bañado en maquillaje barato? no más que niebla y humo envueltos en perfume-
-Entonces tendría que lavarme la cara-
Sam sonrío al escuchar la voz del joven y al sentir las cálidas alas de la esperanza apoderarse de su mirada.
-Lávala entonces- dijo Sam mientras señalaba con el índice la hermosa fuente que estaba a los pies del pilar.
El joven se acercó a la poza con cautela y se asomó a sus aguas para ver su reflejo en ellas; su rostro se veía en la poza cubierto de maquillaje, con los labios color carmín, los párpados azules y los pómulos blancos; asustado, el joven vio aparecer en el agua decenas de siluetas, una por una.
Volteó sorprendido y vio una multitud de personas mirándolo fijamente y con actitud inquisidora, fue cuando se dio cuenta de quienes eran: todas las personas que había conocido en su vida; sus padres, maestros, sus antiguos amigos e incluso personas que había visto tan solo una vez o de las cuales no recordaba nada; todos con el mismo potaje cremoso estampado en el rostro.
Entonces las manos comenzaron a jalarlo hacia la multitud, pero antes de ser absorbido luchó lo suficiente como para llegar a la fuente, tomó entonces agua entre sus manos y enjugó todo el maquillaje de su rostro.
- ¡Está loco!- oyó decir a lo lejos- ¡No lo había visto en mi vida!- creyó que gritaba su madre - Demasiado enfermo para estar suelto…- chilló un chiquillo.
Y entonces, en medio de ese desolado páramo, quedó solo, desnudo y sin un camino que seguir; volteó a ver a la columna y el anciano también había desaparecido; se sentó entonces en la arena, la sintió helada, abrazó sus piernas desnudas con sus brazos y recargó la cabeza sobre ellas.
Una mano acarició su cabello.
-Has dejado al fin de luchar contra ti, has ganado la llave del santuario- dijo con benevolencia el viejo Sam
Puso después a sus pies una hermosa llave dorada con hermosas incrustaciones, una obra de arte que brillaba solemne envuelta en un andrajo de vieja tela café con una inscripción ilegible.
El Caminante alzó la mirada hacia Sam, volteó a ver a la llave y se levantó, la tomó entre sus manos y la enterró en la arena, que gustosa cooperó para consumirla; sonrió ante el anciano y recogió la tela con cuidado, la sacudió golpeándola suavemente y se cubrió con ella.
-Ahora ve y haz tu propia senda Porvenir, vive mucho y se feliz- le dijo amorosamente el anciano.
De pronto la inscripción era visible y, aunque Porvenir estaba solo, nunca se había sentido más satisfecho, miró al cielo despejado y gritó a los dioses con desdén:
“¡Libre, Libre al fin!”
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